Por Miguel Cabrera
Hace unos meses emprendí un viaje que cambió mi forma de mirar la fe y el paisaje. Me interné en la Ruta de la Fe Andina en Colombia: un recorrido por templos y santuarios ubicados en los departamentos de Cundinamarca, Boyacá y Norte de Santander, cuya riqueza histórica y espiritual describe muy bien Colombia Travel. En cada parada confirmé que el turismo religioso puede convertirse en experiencia profunda, más allá de lo turístico.
Cundinamarca y la Ruta de la Fe Andina: entre alturas y recogimiento
Bogotá: mi primer paso hacia lo sagrado

En Bogotá comencé la Ruta de la Fe Andina por el cerro del Monserrate. Allí, dominando la ciudad, se alza la Basílica Santuario del Señor Caído. También visité la Catedral Primada en la Plaza de Bolívar y pasé por la iglesia de San Francisco. Cada templo me ofreció un registro distinto: Monserrate, una experiencia de altura y recogimiento; la Catedral, el más hermoso ejemplo del barroco neogranadino, que debió ser reconstruida después del terremoto de 1827; San Francisco, de las más antiguas de Bogotá.
En la capital visité también el Santuario del Niño Jesús, uno de los espacios de peregrinación que más me impactó en ese país. Luego me dejé llevar por un circuito de iglesias coloniales, cuya arquitectura imponente y ornamentos interiores me sorprendieron. Entre ellas el Santuario Nacional Nuestra Señora del Carmen, de estilo gótico. Descubrí además la iglesia de Veracruz, con las sepulturas de los próceres de la independencia; la de San Alfonso María de Ligorio, donde se venera al Señor de los Milagros; la de San Agustín, con su valiosa colección de arte religioso colonial; y la del Sagrado Corazón de Jesús, de estilo grecorromano
La ciudad es un tránsito entre cielo y asfalto donde el fervor encuentra múltiples rostros. Su arquitectura neoclásica y los templos coloniales me recordaron que mi caminata formaba parte de una historia de más de 500 años.
Bojacá: lo rural como recogimiento
En Bojacá, a pocos kilómetros de la capital, encontré otro rostro de la fe: una devoción sencilla, rural, marcada por los gestos cotidianos. El Santuario de Nuestra Señora de la Salud, un templo con una espadaña de tres campanas, me transmitió la fuerza de lo simple. Allí la fe se me reveló en pequeñas cosas: una vela encendida, una cruz tallada por manos locales. Pero el cuadro de la Madre Dolorosa fue un recordatorio de que, la piedad, no necesita ostentación para ser profunda.
Zipaquirá: arquitectura y recogimiento bajo tierra
Y en mi última etapa en Cundinamarca, visité la famosa Catedral de Sal de Zipaquirá. Descender a 180 metros bajo tierra, entre túneles y estaciones de vía crucis, fue una metáfora viviente de lo que significa entrar en uno mismo. Una catequesis hecha piedra: creación, redención y esperanza que se expresan en símbolos que dialogan con el espíritu. Este santuario subterráneo refleja tanto la capacidad humana de transformar la materia como el anhelo de convertir un espacio laboral en ámbito sagrado.
Boyacá en la Ruta de la Fe Andina: veneración y legado
Chiquinquirá: en el corazón de Boyacá
Tras dejar Cundinamarca, viajé por la Ruta de la Fe Andina hacia Chiquinquirá, llamada la “Ciudad Mariana”. Al entrar a la Basílica de Nuestra de Chinquinqurá, me invadió la sensación de estar en un santuario que trasciende lo local. Su altar barroco, y la adoración a la Patrona de Colombia, me invitaron a reflexionar sobre el papel de la imagen mariana en la espiritualidad latinoamericana. Si no puedes con todo este recorrido, apuntate llegar a este centro de fe. Un templo representativo del turismo religioso en colombia.
Villa de Leyva: piedra, silencio y devoción histórica
Villa de Leyva me ofreció otra forma de espiritualidad: su Santuario, enmarcado por la plaza empedrada, transmite una calma antigua. Este templo, levantado en 1850 con un cruce de estilo andaluz, guarda dos capillas: la pequeña dedicada a la Virgen del Carmen y la mayor, conocida como la “Iglesia de Mamá Linda”, con la imagen de la Virgen Renovada, ícono de veneración local.
También me impresionó la Parroquia Nuestra Señora del Rosario, un baluarte del barroco hispánico donde pude contemplar de cerca obras de pintores coloniales. Me encantan las panorámicas de los lugares que visito. Por eso caminé despacio, la subida es empinada, para observar Villa de Leyva en toda su plenitud. Desde el mirador El Santo Sagrado Corazon de Jesús escuché a las campanas narrarando un pasado que aún respira.
Tunja: memoria y sermones entre bóvedas
En Tunja descubrí iglesias que son verdaderos libros abiertos: bóvedas, lienzos y retablos narran siglos de prédicas y devoción. La solemnidad de cada templo se mezcla con la vida de sus comunidades, y en la penumbra del coro comprendí cómo la fe se enlaza con la historia política y educativa de Boyacá.
Recorrí la Catedral Basílica Metropolitana Santiago de Tunja, con su arquitectura gótico‑mudéjar y obras de Gregorio Vásquez; el Templo de Santo Domingo alberga la Capilla de Nuestra Señora del Rosario, una joya arquitectónica que ha sido denominada por expertos y guías turísticas oficiales como la ‘Capilla Sixtina del arte colonial americano‘ o la ‘Capilla Sixtina de América’. Lo mismo con el Santuario Nacional de Nuestra Señora del Milagro, lugar de peregrinación desde el siglo XVII.
También me impresionaron la Iglesia de Santa Clara La Real, con la tumba de Francisca Josefa del Castillo y murales coloniales, y la Iglesia de San Francisco, con su retablo conocido como “Los Pelícanos”, del cual historiadores, como Santiago Sebastián López, han resaltado su singularidad. Cada visita me permitió sentir cómo el arte y la fe se entrelazan en la memoria viva de Tunja.
Norte de Santander y la Ruta de la Fe Andina: frontera de historias
Mi viaje por la Ruta de la Fe Andina concluyó en Pamplona, una ciudad que respira tradición y frontera. Fundada en el siglo XVI, fue paso de comerciantes, soldados y misioneros. Sus templos conservan la arquitectura colonial y una religiosidad que se mantiene viva en cada procesión.
Caminar por sus calles empedradas, escuchar el murmullo de los rezos y sentir el peso de los siglos me hizo entender que esta ruta no solo une departamentos: une épocas, creencias y modos de mirar el mundo.
Lo que me dejó la Ruta
Caminar por estos lugares me mostró que el turismo religioso no es solo visitar monumentos. Es buscar sentido, verdad y comunidad. Al seguir la Ruta de la Fe Andina, me encontré con fieles locales, con rituales antiguos y con la arquitectura que testimonia siglos de fe. Cada uno de los templos me invitaron a mirar el mundo con otro lente: más interior, más escucha.
¿Para quién es este viaje?
Si tú también deseas algo más que una escapada convencional, este itinerario es para ti. Ideal para quienes buscan reverencia, historia viva y el silencio profundo de un interior que toma forma al cruzar el umbral de un santuario andino. Y si solo dispones de unos días, puedes comenzar por Bogotá y Zipaquirá, estos dos destinos conectan historia, arte y espiritualidad de forma intensa.- (Turismo Religioso en el Mundo/CsM)
Por Miguel Cabrera Periodista especializado en turismo religioso.







