Cronicas del Sur

El festival de colores de otoño en los Jardines de Queenstown, la perla turística de Nueva Zelanda

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Queenstown, el principal destino turístico de Nueva Zelanda, en la llamada Costa Oeste de la Isla Sur (aunque no está sobre la costa) propone actividades al aire libre, navegación, vuelos y turismo aventura, lo que le garantiza la llegada de visitantes todo el año, con variada afluencia según la época. En otoño, su temporada baja y previa a la masiva concurrencia hacia sus centros de esquí en invierno, el gran atractivo son los Jardines de Queestown (Queenstown Gardens), concentrados en la península conocida precisamente como Queenstown Gardens, donde las diversas especies ofrecen una combinación cromática con fuertes contrastes, reflejos y sombras, con prevalencia de los tonos cálidos.

La llegada de los primeros fríos genera un proceso variado según cada especie, con el común denominador de la pérdida del verde y la frescura de que gozan en la temporada cálida. Algunas secan y pierden con rapidez sus hojas, que se convierten en una crujiente alfombra de los parques, mientras en otras sólo varía el color pero resisten en las ramas y convierten el bosque en un gran biombo que alberga marrones, rojos suaves e intensos, naranjas, burdeos y amarillos de diversas graduaciones, mientras persiste una frondosidad siempre verde.

Esa policromía genera una singular postal cuando se refleja en las quietas aguas del lago Wakatipu, que rodea la península, y también en la pileta interna, donde los árboles se duplican en espejo entre las hojas y pequeñas ramas que flotan, en ambos casos en contraste con el azul del cielo de uno de los países de mayor pureza ambiental. Este espacio se torna ideal para el relax, las caminatas y -sobre todo- la toma de imágenes fotográficas o en vídeos, y es una cita obligada para el turista otoñal.

Desde la media mañana, cuando el sol asoma sobre la montaña Te Tapu-nui (La Sagrada, en maorí), que cubre la ciudad por el este, los turistas comienzan a converger hacia los Jardines, ya sea directamene desde el centro urbano; bajando de los faldeos poblados de esta montaña o los del cerro Ben Lomond (conocido como Bob’s Peak, por esta famosa área de excursionismo), que la limita por el norte, y también por los senderos que bordean el Wakatipu, como la Esplanada del Lago, desde el oeste o, en el lado opuesto, a través del icónico sendero Te Araroa, que en su recorrido de más de 3.000 kilómetros por las dos islas mayores de Nueva Zelanda atraviesa también este centro turístico.

Muchas parejas, así como turistas en grupos -con predominancia de gente mayor- disfrutan de la quietud, la pureza del aire y sobre todo del recreo colores que regalan los Jardines, donde el silencio es sólo interrumpido por el característico canto de los pájaros desde lo alto de los árboles frondosos o mientras vuelan inquietos entre sus ramas o bajan a abrevar en la pileta. Ningún turista se queda sin posar para la foto en alguna de las múltiple posibilidades que ofrece el lugar, ni sin hacer al menos un vídeo panorámico con su celular.

Están los que con capturar unas pocas imágenes se dan por satisfechos y se sientan largos ratos en los bancos del parque para disfrutar de la vista; otros caminan lenta y azarosamente a donde sea que los lleven sus pasos, observando los grandes árboles que se eleven decenas de metros, los pequeños arbustos y las flores que aún bordean la fuente de agua y, a lo lejos, entre la vegetación y detrás del lago, las altas montañas de los Alpes del Sur, que en Queestown se extienden con la Cordillera de Los Remarcables, donde está su centro de esquí y el famoso monte Doble Cono.

Los más organizados se adentran en algunos de los senderos para trekking, como el Circuito Corto (1.700 metros), que recorre el centro de la península y sus costas norte y oeste, y el Sendero Queenstown, que var por la costa sur y combina con el Te Araroa. En las zonas aún más tranquilas o menos concurridas, como el frente de la península entre el Jardín de Rosas y el lago, se ve gente practicando actividades que demandan mayor concentración, como meditación, yoga o taichí.

Quienes quieren ver el espectáculo desde lejos toman su desayuno en en la cima del Ben Lomond, hasta donde los lleva la góndola Skyline Queenstown, una cómoda y rápida alternativa a los senderos escénicos que recorren la frondosa montaña, y desde allí la península se ve a lo lejos como una detenida explosión de colores en medio del azul marino del lago. También los cafés y restoranes que bordean el lago vecinos a la península -lado norte- ofrecen una buena vista desde la comodidad de sus mesas, y junto al Bosque de Especies Nativas -en el mismo sector- hay un espacio para picnic sobre la costa, para los más autónomos. 

CHIRSTCHURCH

Los Jardines de Queenstown son los más famosos de Nueva Zelanda, por encontrarse justamente en su más importante centro turístico, pero la mayoría de las ciudades o pueblos de este país oceánico tienen sus jardines botánicos comunales, con lagos, arroyos o ríos en su interior, donde el otoño brinda estos espectáculos de colores, particularmente en la Isla Sur, cuya geografía y paisajes son muy parecidos a la Patagonia andina, por encontrarse en la misma latitud, junto a otras similitudes ambientales. Entre los más famosos se destacan los Jardines Botánicos de Christchurch, la segunda ciudad en tamaño del país, detrás de Auckland y antes de Wellington, la capital.

Christchurch es conocida precisamente como la Ciudad Jardín, y cuenta con un parque botánico de unas 30 hectáreas, atravesado por el río Avon, y además alberga dos lagos, donde antiguamente había humedales y dunas que favorecían el crecimiento de una variada flora y la formación de bosques. Aunque tiene algunas especies que están en floración durante todo el año, es en otoño cuando -con pocas flores- el Jardín parece cobrar más vida con el brillo de sus colores típicos de la estación.

Los Jardines Botánicos de Christchurch (Christchurch Botanical Gardens) tienen sectores específicos para plantas autóctonas de Nueva Zelanda, un rosedal y coníferas exóticas, entre otras, además de invernaderos para varias especies, como suculentas, cactáceas, helechos y hasta plantas carnívoras. Dentro del predio hay numerosos sitios históricos y su agenda incluye actividades culturales para toda la familia y juegos infantiles en un espacio destinado a los niños.

En una ciudad de fuerte impronta universitaria, sus Jardines Botánicos son recorridos por muchos jóvenes, que también concurren al restorán y la cafetería, que con un diseño de bajo impacto ambiental brindan ese servicio en el parque. En derredor del sector estrictamente botánico, los Jardines cuentan con dos lagos (Victoria y Albert) con aves acuáticas, una cancha de croquet, un green de golf y canchas de tenis y polo, entre otros espacios para entretenimientos al aire libre, y bajo pequeños quinchos hay cocinas eléctricas de uso público para el picnic.

En Nueva Zelanda no esperan los solsticios o equinoccios para iniciar las cuatro estaciones, sino que estas comienzan oficialmente el 1 del mes correspondiente, por lo que en este país austral es invierno desde el 1 de junio, aunque el clima -ajeno a decretos y costumbres- mantiene sus características otoñales y hasta hubo un anticipado «verano indio», equivalente al «veranito de San Juan» de otros países, en la primera semana del mes. Este inicio de estación por decreto puede resultar curioso, pero también es arbitraria la convención de iniciarlas el día 21, ya que no siempre equinoccios y solsticios coinciden con esa fecha.- (CsM)

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